Vivimos en una época donde si algo no funciona, pensamos que hicimos algo mal.
Si el trabajo se pone difícil, si la economía aprieta, si la familia se tensiona, si el futuro es incierto… asumimos que algo falló.
Pero en Juan 6:16–24 vemos algo distinto.
Los discípulos no estaban desobedeciendo.
No estaban alejados de Jesús.
Estaban haciendo exactamente lo que Él les había pedido.
El texto dice que entraron en la barca porque Jesús los envió (Mt 14:22; Mr 6:45). Y aun así, “estaba ya oscuro”, el viento era contrario (Mr 6:48), y la barca era golpeada por las olas (Mt 14:24). Remaban, pero avanzaban poco. Estaban cansados.
Estaban en la voluntad de Dios… y en medio de una tormenta.
Eso cambia nuestra manera de ver las dificultades.
Si tú ya has confiado en Jesús como tu Salvador, este pasaje te describe. Tú, como muchos creyentes hoy en Estados Unidos, no estás exento de tiempos duros. El esfuerzo diario, las cuentas, la presión económica, la incertidumbre migratoria, la nostalgia por la familia que quedó lejos… todo eso puede sentirse como viento en contra.
Y lo más difícil no siempre es el problema, sino la sensación de que Dios te ha abandonado porque no es visible.
Los discípulos también sintieron miedo. Cuando Jesús se acercó caminando sobre el mar, pensaron que era un fantasma (Mt 14:26). Pedro intentó caminar hacia Él y comenzó a hundirse. Jesús lo sostuvo y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (Mt 14:31).
No fue una humillación. Fueron palabras de ánimo para que aprendieran a confiar en él en los momentos de dificultad
Al igual que Jesús no soltó a Pedro y libró a sus discípulos afligidos en la barca. Dios quiere hacerlo contigo y fortalecer tu fe.
Tal vez hoy el Señor no está castigándote por tu debilidad. Tal vez está perfeccionando tu confianza. Cuando dijo: “Yo soy; no teman” (Jn 6:20), estaba enseñando que su presencia es suficiente aun cuando el viento sopla en contra.
Pero el pasaje no termina en la barca.
Al llegar a la orilla, la multitud buscó a Jesús (Jn 6:22–24). Lo buscaban por el pan, por el beneficio. Entonces Él fue directo al punto: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Jn 6:29). Y declaró la voluntad del Padre: “que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna” (Jn 6:40).
Tal vez tú admiras a Jesús. Tal vez lo buscas cuando tienes problemas. Pero aún no has confiado en Él como tu Salvador. El mayor milagro del pasaje no es caminar sobre el mar. Es creer en el Hijo enviado por el Padre y recibir vida eterna.
En la barca había creyentes creciendo en su fe, que necesitaban aprender a confiar en él, quizá ese sea tu caso. Cualquiera sea tu situación no dudes que el está contigo y tiene el poder de librarte.
Por otro lado; en la orilla había personas que aún no habían conocido a Jesús como su Salvador, decidiendo si creer o no en Él
Y hoy no es diferente.
Si ya creíste, Él quiere hacerte crecer en fe y fortalecer tu confianza en su poder.
Si aún no has creído en Jesucristo como tu salvador, Él te invita a comenzar una vida nueva con Él. Aceptando la promesa en Juan 6:40 “que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna” haciendo la siguiente oración:
Dios, rconozco que soy pecador, y que Jesucristo murió y resucito para perdonar mis pecados. Yo acepto que Jesucristo limpie mis pecados y le recibo como Salvador. En el nombre de Cristo, amén.
El mismo Jesús que caminó sobre el mar sigue diciendo:
“Yo soy; no temas.”
La pregunta es sencilla:
¿lo recibirás en tu barca?