Efesios 2:6–9 | Por Ps. Victor Turcios.
Pablo, escribiendo a los creyentes en Éfeso desde una prisión romana, no pierde el tiempo en adornos. Desde el comienzo de su carta, declara con fuerza quiénes éramos sin Cristo: muertos en delitos y pecados, esclavos de nuestra carne y del mundo, bajo la ira de Dios. No hay espacio para el orgullo. No hay margen para pensar que éramos “buenas personas” en necesidad de una leve corrección. Estábamos espiritualmente muertos.
Pero entonces irrumpe una de las frases más gloriosas de toda la Biblia: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó…” (Efesios 2:4). Ese “pero” lo cambia todo. La iniciativa fue de Dios. La vida vino de Dios. La gracia descendió desde el cielo y nos alcanzó. Pablo explica que, por pura gracia, hemos sido vivificados, resucitados con Cristo, y ahora estamos sentados en lugares celestiales. No porque lo merecíamos, sino para que en los siglos venideros se muestre la infinita riqueza de Su gracia.
Y entonces llega el clímax doctrinal del pasaje: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” (Efesios 2:8–9). Esta es una verdad que atraviesa toda la Escritura. La salvación no se gana, se recibe. No se compra con obras, se acepta con fe. Es un regalo, no un premio. Y esto no es opcional para el cristiano. Es la esencia misma del evangelio.
Intentar acercarnos a Dios por nuestros propios méritos es como intentar escalar al cielo con una escalera de papel. No importa cuántos peldaños pongas, no llegarás. Romanos 3:20 lo dice claramente: “Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él.” Y Tito 3:5 lo confirma: “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia.” El mensaje se repite una y otra vez, porque el corazón humano se resiste una y otra vez. Preferimos sentir que lo merecimos, que lo ganamos, que lo construimos. Pero la cruz nos confronta con una realidad más profunda: no podíamos salvarnos a nosotros mismos.
Si hubiéramos podido, entonces Cristo no habría tenido que morir. Pero Él sí murió. No como mártir de una causa noble, sino como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Cargó sobre sí nuestra culpa, absorbió el juicio que merecíamos, y resucitó al tercer día para darnos vida eterna. Esa es la base de nuestra esperanza. Y esa esperanza no se compra, no se hereda, no se fabrica. Se recibe por gracia, mediante la fe.
Martín Lutero lo expresó con contundencia: “Somos salvos solo por la fe, no por obras; y la fe misma es un regalo de Dios.” Spurgeon decía: “Si alguno de nosotros entra al cielo, será porque Dios lo llevó en sus brazos.” Y tenían razón. Porque si la salvación dependiera de nosotros, la perderíamos. Pero como depende de Él, está segura.
Querido lector, ¿en qué estás confiando hoy? ¿En tu moral? ¿En tus buenas intenciones? ¿En tu tradición religiosa o tus actos caritativos? Todo eso puede ser bueno en sí mismo, pero no puede salvarte. La salvación está solo en Cristo. Solo en su sangre. Solo en su resurrección. Solo por gracia.
Hoy es el día para dejar de intentar ganarte lo que Dios quiere regalarte. Es tiempo de rendirte, no de esforzarte más. De confiar, no de probarte a ti mismo. De recibir, no de merecer.
Si entiendes esto y deseas recibir el regalo de la salvación, ora con fe desde el corazón. No hay fórmulas mágicas. Solo un corazón humilde que cree de verdad.
“Señor Jesús, reconozco que soy pecador y que no puedo salvarme por mis propias obras. Creo que Tú moriste por mí y que resucitaste al tercer día. Hoy dejo de confiar en mis méritos y pongo mi fe solo en Ti. Perdóname, sálvame y hazme tuyo para siempre. Amén.”
Si oraste así, y creíste con sinceridad, Dios te ha dado vida eterna. No por lo que hiciste, sino por lo que Cristo ya hizo por ti.
Esa es la gloriosa verdad de Efesios 2: la salvación es por gracia.
No te gloríes. Agradécele. Y empieza a vivir para Él.