Por Victor Turcios. Pastor
Imagina un bloque de mármol intacto: sólido, imponente… pero sin forma. Ahora visualiza al Maestro Escultor inclinándose sobre él, cincel en mano, decidido a revelar la obra más hermosa oculta en su interior. Así es la vida de un creyente: un “impresionante monumento” aún sin terminar, transformado por la mano experta de Dios.
Pablo lo expresó con convicción desde su prisión:
“Estoy convencido de esto: el que comenzó en ustedes la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.” (Filipenses 1:6 RVR-60)
No somos arquitectos de nuestra salvación, sino mármol en las manos del escultor divino. Él inició el cincelado en el momento en que recibimos por fe a Cristo como nuestro Salvador (Efesios 2:8–10), y desde entonces jamás descansa. Cada trozo que cae, cada línea que aparece en la piedra, refleja un rasgo de Cristo emergiendo en nuestro carácter.
A. W. Tozer afirmó con claridad:
“En las manos del Espíritu Santo, nuestras asperezas se pulen hasta reflejar plenamente la imagen de Jesús.”
¿Sientes el polvo en tu vida? Son las pesados de mármol del pasado —pecados, errores, defectos— desprendiéndose bajo el golpe certero del cincel celestial. No son señales de fracaso, sino de progreso: ninguna escultura maestra se completa de un solo golpe. Hebreos 12:2 nos llama a “fijar la mirada en Jesús, autor y consumador de la fe”, aquel que grabó en el mármol de nuestra alma el diseño perfecto de Su gracia.
El proceso no es pasivo; requiere nuestra cooperación humilde. Pablo ora para que “ nuestro amor abunde más y más en ciencia y en todo conocimiento” (Filipenses 1:9), porque la formación verdadera combina la disciplina de buscar a Dios a través de la palabra y la oración, la renovación de nuestra mente que se convierte en mi transformación. Martín Lutero lo resumió de la siguiente manera:
“La fe auténtica no pide permiso para obrar; emerge en acción tan pronto como es vivida.”
Y el propósito final, como en toda gran obra de arte, es que la pieza concluida brille para la el orgullo y admiración del creador: “para gloria y alabanza de Dios” (1:11). Aunque es una obra admirada por otros, no buscas en tru transformación el aplauso humano, sino el asombro santo de Aquel que te esculpió. El Salmo 138:8 lo promete: “El SEÑOR cumplirá su propósito en mí.”
Hoy, si tu rostro aún muestra líneas sin definir, si aún no estás satisfecho con los cambios en tu vida regocíjate: significa que el escultor sigue trabajando. Cada momento de dolor, cada lucha, incluso cada error cometido… son cinceladas divinas que revelan la estatua gloriosa que serás un día.
¿Estás dispuesto a mantenerte en el taller del Maestro? Deja que Su Espíritu siga esculpiendo tu vida. No hay prisa aquí, solo la certeza de que “Él consumará la buena obra” —tu vida transformada— hasta el gran día en que, perfeccionados, conozcamos al Autor de nuestra fe cara a cara.