Actualizado: 7 ene
¿Alguna vez has visto a un rey renunciar a su trono para convertirse en súbdito? ¿O a un presidente dejar su cargo para vivir como un ciudadano común? ¿Has visto a un pastor entregar su posición a un líder emergente por amor al Reino? Hago estas preguntas para destacar una verdad incómoda pero urgente: la naturaleza humana no está inclinada a ceder, sino a avanzar, a consolidarse, a elevarse.
Esa cultura ha invadido también el corazón pastoral. Independientemente del tamaño de la iglesia, es fácil que un líder caiga en la trampa de pensar: “Yo soy el centro, merezco los privilegios, dicto las reglas, y evito tareas que no se ajustan a mi estatus”. Sin darnos cuenta, nos fabricamos un trono, nos sentamos en él y creamos una cultura que gira en torno a nuestra posición. Dejamos de ser colaboradores de Dios y siervos de otros, para convertirnos en usurpadores de Su gloria.
La Biblia nombra ese estado del corazón con claridad: orgullo. Y el orgullo trae consecuencias lamentables dentro del cuerpo de Cristo:
- Pastores que inspiran adoración hacia sí mismos.
- Líderes que se rodean de privilegios por autocomplacencia.
- Autoridades que no invitan a otros a la mesa de decisiones, y cuya voz no se cuestiona.
- Mentores que ven al liderazgo emergente como amenaza, no como herencia.
Un liderazgo orgulloso no solo estanca el crecimiento espiritual y organizacional, sino que roba la gloria que sólo pertenece a Dios.
Cristo: el modelo supremo de humildad
¡Pero tenemos un modelo! Filipenses 2:5–11 (NTV) nos confronta y a la vez nos inspira:
“Tengan la misma actitud que tuvo Cristo Jesús. Aunque era Dios, no consideró que el ser igual a Dios fuera algo a lo cual aferrarse. En cambio, renunció a sus privilegios divinos; adoptó la humilde posición de un esclavo… se humilló a sí mismo en obediencia a Dios y murió en una cruz… Por lo tanto, Dios lo elevó al lugar de máximo honor…”
Cristo, siendo el más alto en el universo, descendió hasta el punto más bajo: la cruz. El teólogo John Stott dijo: “En la cruz vemos a Dios descendiendo, no porque lo necesitara, sino porque nosotros lo necesitábamos”. El descenso voluntario es el modelo de humildad al que Cristo nos invita.
Recuerdo una ocasión, cuando mi esposa Silvia y yo discipulábamos a una pareja que venía de otra iglesia. Después de vernos servir: colocando sillas, comprando baterías para el micrófono, sirviendo comida a niños, ayudando en tareas sencillas, el esposo me dijo en privado:
“En nuestra antigua iglesia, los pastores no hacían nada de eso. Tenían edecanes que les llevaban la Biblia, el agua, programaban sus citas y hasta hacían sus mandados. Honestamente, creo que deberías tener un edecán… no se ve muy honroso que hagas esas tareas”.
Estaba tan alienado por una cultura de liderazgo abusivo que incluso lo justificaba. Tristemente, esta es la realidad en muchas iglesias.
Aunque ese día mi actitud fue la de un siervo, reconozco que también he tenido lapsos en los que he olvidado el ejemplo de Cristo y me he sentado en el trono de la autogloria. Y descender duele, especialmente cuando ya existe una cultura de privilegios.
Pero si queremos trascender, si deseamos que el Padre nos honre como lo hizo con su Hijo, debemos abrazar el descenso voluntario. No para desaparecer, sino para glorificar al Padre, para levantar a otros, para multiplicar el Reino. Como dijo Andrew Murray: “La humildad no es pensar menos de ti mismo, es pensar menos en ti y más en Cristo y en los demás”.
Reflexión final
Al final, en el Juicio del Trono de Cristo, nuestras obras serán probadas. ¿Hicimos monumentos a nuestra imagen o sembramos para la gloria de Dios? ¿Formamos seguidores o formamos siervos? ¿Invitamos al liderazgo emergente o lo reprimimos por temor a perder control?
El Reino no necesita tronos humanos, necesita siervos que bajen la escalera del orgullo y abracen la humildad del Maestro. ¡Que seamos conocidos no por cuántos nos sirvieron, sino por cuántos servimos!
“El mayor entre vosotros, sea vuestro siervo.” – Mateo 23:11 (RVR60)