Hebreos 10:19-21. Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.
Hebreos 10:19-21 nos muestra una verdad que es fundamental: “teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo… y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios”. El creyente tiene acceso total a Dios, y ese acceso esta disponible hoy.
Antes, en el antiguo pacto, entrar a la presencia de Dios no era algo a lo que todos tenian acceso. Se hacía a tráves sacrificios repetidos y un sacerdote que entraba en representación del pueblo. Pero ahora todo cambió. Jesucristo ofreció un sacrificio suficiente y definitivo, y por eso el acceso a Dios ya no está cerrado. Está abierto.
Esto debería marcar la manera en que experimentamos nuestra relación con Dios. Sin embargo, en la práctica, muchos creyentes siguen actuando como si ese acceso estuviera restringido. Cuando pecan, se alejan. Cuando fallan, dejan de buscar a Dios. Como si acercarse en ese momento fuera incorrecto.
Pero eso es exactamente lo contrario de lo que este pasaje enseña.
El texto no dice que tenemos libertad para entrar cuando hemos tenido un buen comportamiento espiritual. Dice que tenemos libertad “por la sangre de Jesucristo”. Es decir, por lo que Él hizo, no por lo que nosotros hacemos. Si el acceso depende de Cristo, entonces no cambia cada vez que tú fallas.
Esto no significa que el pecado no importa. Sí importa, y debe ser confesado. Pero el lugar donde tratamos con el pecado no es lejos de Dios, sino delante de Él. Alejarse por culpa no resuelve el problema. Solo lo agrava, porque nos priva del único lugar donde encontramos guía y restauración.
La Escritura lo dice con claridad: “acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe” (Hebreos 10:22). Dios no pide que te acerques con una vida perfecta, sino con un corazón sincero, reconociendo tu necesidad.
Además, no solo tenemos acceso, sino que tenemos a Cristo mismo como nuestro mediador: “un gran sacerdote sobre la casa de Dios”. Él no dejó esta obra incompleta. Él sigue siendo quien asegura nuestra relación con el Padre. Por eso, nuestra confianza no está en nosotros, sino en Él.
Esto tiene implicaciones muy concretas. Cuando fallas, no dejes de orar. Cuando te sientas débil, no te apartes de la Palabra. Cuando no sepas qué hacer, no te encierres en tus pensamientos. Acércate a Dios. No porque te sientas digno, sino porque Cristo ya hizo lo necesario para que puedas hacerlo.
Muchos creyentes viven atrapados en un ciclo: fallan, se sienten mal, se alejan, y luego intentan volver cuando se sienten mejor. Pero ese no es el camino bíblico. El camino es otro: fallas, vienes a Dios, confiesas, recibes gracia y sigues adelante con la guía y fortaleza de Dios.
Dios siempre te estará esperando, si vienes a Él nunca te rechazará, en Cristo, ya no hay condenación para ti. “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1). Esa es la base firme sobre la que puedes acercarte con confianza.
Por eso, no hagas de la culpa un obstáculo. No conviertas tus fallas en una razón para mantenerte a distancia. Cristo ya abrió un acceso permanente a Dios. Y ese acceso no se cierra cada vez que tú fallas.
Haz de tu comunión con Dios una prioridad diaria. No como algo opcional, sino como lo más importante. Acércate a Él en todo momento, especialmente cuando creas que no lo mereces.
Ven a Él cada día y disfruta de su enseñanza, consejo, consuelo, corrección, o simplemente para disfrutar el privilegio de estar en su presencia.